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El CEMoP en los medios
Una cuestiÓn de fondo
Por Andrés Asiain - 20/01/10 - www.buenosaireseconomico.com

“Fijate de qué lado de la mecha te encontrás, con tanto humo el bello fiero fuego no se ve.” La frase del Indio Solari en Queso ruso parece aplicarse a quienes buscan tomar una posición en el debate desatado a partir de la creación del Fondo del Bicentenario. Martín Redrado, el golden boy del establishment financiero, surge en los medios como el defensor del ahorro de los argentinos. Algunos economistas críticos de los años noventa hablan de reincorporarse a los mercados financieros para que descienda la tasa de interés y aumente la inversión y el crecimiento, con un lenguaje que recuerda a aquellos años. La historieta infantil Iñaki Ventura y el misterio de las reservas publicada recientemente por el BCRA le agrega un componente entre cómico y masónico a la polémica. La judicialización del conflicto interpretada a la luz de la desestabilización judicial previa al golpe en Honduras, la acción similar de la oposición de Lugo en el Paraguay y la reciente avanzada de la derecha en algunos países hermanos de la región, nos obliga a tomarlo muy seriamente. Si a todo eso le agregamos una teoría conspirativa de Mario Cafiero y otra opuesta de Walter Graziano, y muchos opinadores mediáticos de distintas extracciones y posiciones diversas, el laberinto parece infranqueable. Tal vez, algunas pistas económicas nos ayuden a lograr la salida.


Empecemos con la deuda externa. Ilegítima, ilegal, fraudulenta, lo sabemos con lujo de detalle a partir de la causa “Olmos”. Ojala prosperen algunas iniciativas que, aprovechando la presente polémica, pujan por reabrir el debate en torno de ello. Pero la deuda externa como problema económico no es el asunto central en discusión, a pesar de que todo empezó con la creación de un fondo para su pago con las reservas del Banco Central. Desde un punto de vista económico, la deuda externa es un problema cuando la economía no dispone de los dólares para hacerle frente. Ello sucedía en los ’80 cuando la fuerte caída del precio de las exportaciones argentinas y la falta de refinanciamiento de los créditos volvía literalmente imposible su pago. No había los dólares suficientes y no aceptar esa realidad llevó a la explosión brutal del tipo de cambio y, en consecuencia, a la hiperinflación. Tampoco los había en los ’90 cuando el 1 a 1 con su avalancha importadora no permitía disponer de los dólares suficientes para que las privatizadas giren sus ganancias al exterior, los grupos locales fuguen sus capitales fuera del país y se honren también las deudas externas.
Pero la situación es distinta en la actualidad. Tras la quita del 2005 y la política de sustitución de la deuda externa por interna, los pagos futuros por la deuda externa pública rondan los u$s7.000 millones anuales para el 2010 y los años próximos. La opinión generalizada entre los economistas de las más diversas ideologías es que ese monto se puede cubrir con relativa facilidad gracias a los resultados del comercio exterior. Es decir, no hay grandes tormentas a la vista en el frente externo, único lugar donde la deuda externa puede transformarse en un problema grave.
El problema, en realidad, no es externo (de falta de dólares) sino interno (de falta de pesos). La reducción de la actividad económica en el último año afectó negativamente la recaudación impositiva. La necesidad de aumentar el gasto público para salir de la crisis choca contra una restricción institucional: la falta de financiamiento interno para el déficit público. Así, el problema de la deuda pública ya no externa, sino externa e interna, es el problema de que el Gobierno no dispone de los pesos suficientes para hacerle frente y aumentar, a su vez, el nivel de gasto ya sea social o de infraestructura. Pero si los pesos se fabrican en la Argentina y no cuestan nada, ¿por qué no se emiten y listo?
Hay trabas ideológicas heredadas de años de machaque monetarista que atribuyó a la emisión indiscriminada de moneda por parte de gobiernos populistas todos los males económicos del país, especialmente el de la inflación. Estas interpretaciones prevalecen a pesar de que han sido sistemáticamente rechazadas en cada investigación académica que buscó testearlas empíricamente. Prevalecen por imposición del poder, que no exige excelencia académica sino funcionalidad. Y son funcionales al poder porque atan artificialmente el devenir económico de nuestro país al humor de los mercados financieros internacionales y las potencias que los controlan. Hay trabas institucionales como la Carta Orgánica del Banco Central y la ausencia de legislación que regule la fuga de capitales, que vienen de tiempos del menemismo y la dictadura, y actúan en el mismo sentido impidiendo el desarrollo de una política monetaria independiente, no del Ejecutivo elegido democráticamente, sino del poder financiero. Hay otro tipo de trabas como ser el posible embargo de las reservas del Banco Central por los buitres que no entraron en el canje, si se termina con la independencia del BCRA respecto del Gobierno, dado que las reservas no están en suelo patrio sino que son simples balances contables de depósitos en bancos del exterior.
Frente a estas restricciones, el Gobierno viene trazando una estrategia de acercamiento a los mercados financieros externos con el fin de financiar con deuda externa el déficit público interno. La reapertura del canje y las conversaciones con el Club de París son algunos pasos dados en este sentido. Es decir, ante las limitaciones mencionadas a emitir pesos para financiar el gasto público en pesos se busca recurrir a la toma de deuda en dólares, a pesar de que no se necesitan dólares. Mientras tanto, la idea de pagar la deuda externa con las reservas del Central le permite liberar parte del presupuesto público destinado anteriormente al pago de la deuda, para incrementar el gasto interno. De paso, se disminuye la deuda externa cuya tasa de refinanciamiento en el mercado es muy elevada (del orden del 15 por ciento). La idea tiene además la ventaja de que en lugar de aparecer como un incremento del déficit fiscal que atemorizara al mercado se presenta como un reaseguro de que la deuda externa se honraría, eludiendo las trabas ideológicas.
La oposición a esta medida por parte de Redrado nada tiene que ver con una defensa de las reservas acumuladas. Eso no resiste el más mínimo análisis ya que si el Gobierno paga la deuda con sus ingresos “genuinos” deberá comprarle dólares al Banco Central y las reservas van a disminuir lo mismo que con el famoso fondo. La resistencia a la medida parecería más bien una operación política tramada con la oposición para evitar que el Gobierno pueda incrementar el gasto público manejado a discreción del Ejecutivo por no estar presupuestado.
Tampoco son convincentes los argumentos que se oponen a la medida apelando a que viola la legislación sancionada durante el menemismo. La política monetaria no puede ser independiente del resto de las políticas económicas de la misma manera que si uno quiere avanzar en alguna dirección un pie no puede ir para un lado y, el otro, para el contrario. Lejos de la moralina legalista, la Moral con mayúscula, es discutir a fondo una nueva regulación de nuestro sistema financiero (carta orgánica, reforma financiera y restricciones a la fuga de capitales) que permita el financiamiento interno del déficit público.

Andresa Asiain
Economista de la Cátedra Nacional de Economía Arturo Jauretche

MADRES | UPMPM | ENCUENTRO DE ECONOMÍA POLÍTICA